El lenguaje de chats y las diferencias socio económicas afectan el aprendizaje.
La dificultad para aplicar las reglas aprendidas a los textos, la colocación de tildes en las palabras, el uso de celulares y chats y las diferencias socioeconómicas son algunos de los problemas que enfrentan los alumnos de escuela primaria en el proceso de aprendizaje de la escritura.
En una evaluación sobre caligrafía y ortografía realizada por la Unesco, la Argentina obtuvo una de las peores notas en relación a los desempeños de alumnos de tercer y sexto grado de América Latina: los estudiantes cometieron un error cada 10 palabras y presentaron dificultades a la hora de mostrar su caligrafía manual en un texto.
“En los últimos tiempos nos hemos vuelto muy pragmáticos, utilizando diversas estrategias. Sabemos que los chicos aprenden de distinta manera: mientras algunos al leer registran y se acuerdan por haber leído, otros necesitan escribir la palabra para retener su ortografía”, explica Cristina Carriego, doctora en Educación de la Universidad de San Andrés y vicedirectora del colegio Pestalozzi.
Otra de las cuestiones clave es “trabajar la conciencia de la posibilidad de error. Lo importante es que los chicos al llegar a escribir un sonido parecido –como la c, la s o la z–, se pregunten y tengan conciencia de que hay más de un camino a seguir y no todos son correctos”, argumenta Cecilia Cancio, licenciada en Ciencias Pedagógicas.
Si se piensa la alfabetización como construcción, los alumnos pasan por diversas etapas en las que la manera de escribir va transformándose de lo auditivo a la aplicación de las reglas. Los estudiantes de primer grado, por ejemplo, escriben “moscito” en lugar de mosquito. “En segundo grado ya no se ve” el mismo error, apunta Carriego.
El uso del lenguaje de los mensajes de texto y del chat también influye en las dificultades de aprendizaje. A los alumnos de quinto o sexto grado muchas veces “les cuesta diferenciar que en un texto académico, en una carta o un cuento no pueden poner la q con apóstrofe para reemplazar la palabra que”, explica la docente Cristina Ashardjian. Lo mismo ocurre con el uso del procesador de texto. “Influye mucho la utilización de la tecnología porque los chicos argumentan que lo que escriben se entiende igual”, agrega la docente.
Los mismos que pueden escribir muy bien en un espacio formal, se descuidan en espacios más informales: no usan tildes ni mayúsculas y abrevian palabras. “Entienden las diferencias pero no las aplican”, sostiene Cancio.
Por último, las especialistas reconocen que las diferencias de recursos socioeconómicos también se presentan como dificultades a la hora de aprender a escribir. “Inicialmente el aprendizaje de la escritura ortográfica tiene una fuerte relación con el nivel socioeconómico y el capital cultural de las familias”, asegura Carriego, quien como tesis doctoral analizó cuatro escuelas primarias de la Ciudad de Buenos Aires a través de una evaluación escrita a los alumnos de segundo grado.
Sin embargo, instituciones con un estatus similar “pueden generar mayor o menor valor agregado en el aprendizaje”, especialmente considerando que el conocimiento de la ortografía “requiere de procesos de enseñanza explícitos”, continuó Carriego. “Esto marca la importancia de la escuela, de lo que pasa en el aula y de las condiciones institucionales que deben compensar las diferencias de capital social y cultural”.
“En las escuelas públicas con poblaciones de menos recursos hay mucho para trabajar, mucho por hacer y se pueden lograr grandes cosas. Los chicos tienen capacidad de aprendizaje, a algunos les costará más pero se puede”, concluye Ashardjian.
MESYNGIER Leyla. Diario Clarin (en línea).Disponible en http://www.clarin.com/sociedad/educacion/Debaten-chicos-cuesta-escribir-faltas_0_506349484.html. Consultado el26 de julio de 2011.
jueves, 28 de julio de 2011
miércoles, 6 de julio de 2011
Los niños ricos que tienen tristeza
Una investigación de Unicef y Flacso desmitifica que los adolescentes de sectores de nivel socioeconómico bajo son más violentos. También entre chicos de niveles más altos hay más vandalismo, robos y hurtos. El estudio relevó los conflictos y la violencia en la escuela.
Cuando los alumnos secundarios sienten que los profesores les enseñan bien, que preparan las clases y que ellos aprenden, las situaciones de conflicto, violencia y maltrato en la escuela son menores. También disminuyen si los estudiantes pueden participar en el armado del régimen de convivencia. Esta es la principal conclusión de una extensa investigación de Unicef y Flacso para evaluar el clima escolar en colegios del área metropolitana. El relevamiento, que abarcó a 1690 chicos y chicas de los tres últimos años de casi un centenar de escuelas medias, públicas y privadas, de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano, desmitifica que los adolescentes de sectores de nivel socioeconómico bajo son más violentos. Tampoco se verifica una mayor presencia de armas de fuego entre ellos. El estudio revela que las burlas, el hostigamiento, las actitudes discriminatorias y los tratos crueles entre compañeros son más frecuentes en las escuelas privadas y de nivel económico social (NES) alto, mientras que en las de NES más bajo se dan más situaciones de peleas con agresiones físicas. El vandalismo contra materiales y otros objetos de la escuela, los robos y hurtos, los ataques a adultos en el ámbito escolar y la falta de respeto a los profesores también ocurren con mayor asiduidad en el segmento de mayores ingresos. “Por el contrario, los alumnos de los sectores sociales más vulnerables, a pesar de convivir en un entorno más peligroso y hostil, manifiestan mayor respeto e integración hacia la institución escolar y hacia los propios compañeros que el resto de los alumnos”, se destaca en las conclusiones finales.
Hay una marcada diferencia de género: los varones aparecen involucrados “significativamente” en mayor medida que las chicas en episodios de violencia. El informe muestra también una gran brecha entre la “preocupación por sufrir un robo con violencia o amenazas en el trayecto a la escuela”, una sensación que expresa la mitad del alumnado consultado, y la realidad: sólo uno de cada nueve dijo haber sufrido un hecho de esas características durante 2009, cuando fueron entrevistados.
En cuanto al acceso en la escuela de bebidas alcohólicas y drogas por parte de los alumnos, se encontró una mayor facilidad en los sectores de NES alto, con excepción del “paco”. “Sin embargo, en las inmediaciones del colegio el acceso se torna más fácil para los sectores más vulnerables”, señaló Elena Duro, especialista en Educación de Unicef, al enumerar las conclusiones. Los resultados del estudio fueron compilados en un libro, Clima, conflictos y violencia en la escuela, que se presentó ayer ante un grupo de periodistas. Junto con Duro estuvieron Daniel Fernández y Luis D’Angelo, integrantes del Programa de Antropología Social y Política de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). El relevamiento cuenta con el apoyo del Ministerio de Educación de la Nación y fue prologado por la subsecretaria de Equidad y Calidad Educativa, Mara Brawer. El objetivo de la investigación, explicó Duro, fue “dimensionar el fenómeno”, que “muchas veces aparece en los medios de comunicación como muy frecuente”. “Tanto los docentes como los chicos que entrevistamos para la investigación señalaron que muchas veces la violencia es generada fuera del colegio. La escuela no es ajena a la realidad del país: es una caja de resonancia que absorbe las tensiones y conflictos exteriores a la vida escolar”, apuntó Duro. En ese sentido, aclaró que los especialistas hablan de violencia en la escuela y no de violencia escolar, para diferenciar los casos en los que la violencia se manifiesta en la escuela, pero no responde a situaciones producidas en el marco de los vínculos propios de la comunidad educativa. “Observamos que la escuela funciona como un dique de contención frente a la violencia que se percibe fuera de sus límites, pero no tanto”, sintetizó D’Angelo. Las realidades familiares complejas pueden disparar conflictos en la escuela. Uno de los chicos entrevistados de una escuela pública porteña expresó: “Uno se lleva mal en la casa con los padres y lo descarga en el colegio”. Otro, de un colegio privado, contó: “Tengo un amigo que por todo se caga a piñas. El papá lo cagaba a palos y por eso creo que es agresivo”.
El estudio incluyó encuestas y entrevistas en profundidad a los chicos, a las chicas, a directivos, profesores, docentes y padres de la comunidad educativa. La muestra abarcó 1690 alumnos de 93 colegios, públicos y privados del área metropolitana. Brawer destacó –en el prólogo– que los datos obtenidos son similares a los que surgieron de investigaciones realizadas por el Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas a nivel nacional, una iniciativa del Ministerio de Educación y la Universidad Nacional de San Martín.
Con relación a la percepción de la violencia (en general) en las escuelas, el informe muestra una llamativa contradicción en las respuestas: el 52 por ciento de los entrevistados considera que se trata de un “problema muy grave o grave”. Pero al ser consultado sobre ese fenómeno en su propio establecimiento, el problema tiende a ser percibido como mucho menos grave: se reducen a menos de la mitad los consultados que ven tan mal el panorama y sólo un 19 por ciento lo describe como “muy grave o grave”.
La investigación indagó sobre la presencia de diversas modalidades de violencia: por un lado, maltrato, acuso y hostigamiento entre alumnos; y por otro, agresiones físicas entre alumnos. También pesquisó la presencia de armas blancas y de fuego en las aulas. Y analizó cuáles contextos favorecen para que haya menor conflictividad y episodios de violencia en los colegios. Un 7,4 por ciento de los estudiantes dijo que fue humillado o insultado por un profesor frente a compañeros. Este tipo de hecho se registró con mayor frecuencia entre alumnos de escuelas del Gran Buenos Aires.
El estudio da por tierra con la creencia de que los jóvenes de sectores sociales más vulnerables son más conflictivos y violentos que el resto, subrayó Duro. Los resultados de la encuesta entre el alumnado muestran que ni el hurto ni el robo por la fuerza o amenaza poseen mayor incidencia entre los estudiantes de NES más bajo. Tampoco se verifica una mayor presencia de armas de fuego en esos sectores. “Las escuelas privadas de elite suelen ocultar los problemas de violencia como robos, la puesta por parte de los alumnos de una bomba o la venta dentro de su establecimiento de ravioles de cocaína. Hay que desmitificar que los mayores niveles de violencia en las escuelas se dan en aquellas a las que concurren alumnos de sectores más bajos”, consideró Duro. Por el contrario, las problemáticas vinculadas con conflictos entre adolescentes –como burlas, humillaciones, discriminaciones por diversas causas o padecimientos de actitudes crueles– “resultan más frecuentes entre alumnos de hogares de NES alto”, indicó. Si el corte se hace entre escuelas de gestión privada y pública, ese tipo de situaciones aparecen con mayor asiduidad en las primeras, de acuerdo con la investigación. Les preguntaron a los chicos y chicas si “en 2009 fueron crueles con vos” y respondieron “más de una vez” el 13,2 por ciento de los alumnos de secundarias privadas, contra el 4,3 por ciento de las públicas. En cuanto a las peleas con golpes entre compañeros, son más habituales en el ámbito estatal: contestó que son “muy frecuentes” el 11,6 por ciento del alumnado consultado en esas escuelas, contra el 3,9 por ciento de las privadas. De todas formas, Duro señaló que del total, sin distinción del tipo de colegios, entre los estudiantes un 33 por ciento reconoce que trata mal al compañero y el 29 por ciento que se burla de alguna característica del compañero, lo que habla “de un fuerte proceso de discriminación entre los jóvenes”.
Un 6 por ciento de los alumnos dijo haber visto que alguien llevó un arma de fuego a la escuela en 2009. En este caso, los porcentajes aumentan entre los estudiantes de escuelas públicas y de sectores medios, donde un 8 por ciento afirmó que se enfrentó a esa situación. En cuanto a la presencia de armas blancas, uno de cada cuatro aseguró haber visto a algún compañero con una en el último año, pero en este caso no hay diferencias significativas entre los tipos de gestión escolar estudiados.
Duro destacó que identificaron ciertos “contextos” que favorecen a que haya menos violencia en las escuelas: “En la medida en que los alumnos perciben que los profesores preparan bien sus clases y ellos aprenden, plantean que hay menor conflictividad. Este tema es muy importante. También contribuye a mejorar el clima la claridad de las normas de convivencia y un mayor liderazgo de las autoridades de la escuela. Los chicos reclaman límites. Un tercer aspecto tiene que ver con la participación de los chicos en un régimen de convivencia”, detalló la especialista. En la provincia de Buenos Aires, precisó, es obligatorio desde 2009 que todos los establecimientos, tanto públicos como privados, cuenten con sistemas de convivencia. En ese sentido, planteó como un problema significativo el sistema de selección de directores de escuelas secundarias públicas, “donde la antigüedad suele ser el principal requisito”, y consideró que deben estar “más aggiornados para responder a las necesidades escolares actuales” y, fundamentalmente, para “liderar con autoridad”.
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Cuando los alumnos secundarios sienten que los profesores les enseñan bien, que preparan las clases y que ellos aprenden, las situaciones de conflicto, violencia y maltrato en la escuela son menores. También disminuyen si los estudiantes pueden participar en el armado del régimen de convivencia. Esta es la principal conclusión de una extensa investigación de Unicef y Flacso para evaluar el clima escolar en colegios del área metropolitana. El relevamiento, que abarcó a 1690 chicos y chicas de los tres últimos años de casi un centenar de escuelas medias, públicas y privadas, de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano, desmitifica que los adolescentes de sectores de nivel socioeconómico bajo son más violentos. Tampoco se verifica una mayor presencia de armas de fuego entre ellos. El estudio revela que las burlas, el hostigamiento, las actitudes discriminatorias y los tratos crueles entre compañeros son más frecuentes en las escuelas privadas y de nivel económico social (NES) alto, mientras que en las de NES más bajo se dan más situaciones de peleas con agresiones físicas. El vandalismo contra materiales y otros objetos de la escuela, los robos y hurtos, los ataques a adultos en el ámbito escolar y la falta de respeto a los profesores también ocurren con mayor asiduidad en el segmento de mayores ingresos. “Por el contrario, los alumnos de los sectores sociales más vulnerables, a pesar de convivir en un entorno más peligroso y hostil, manifiestan mayor respeto e integración hacia la institución escolar y hacia los propios compañeros que el resto de los alumnos”, se destaca en las conclusiones finales.
Hay una marcada diferencia de género: los varones aparecen involucrados “significativamente” en mayor medida que las chicas en episodios de violencia. El informe muestra también una gran brecha entre la “preocupación por sufrir un robo con violencia o amenazas en el trayecto a la escuela”, una sensación que expresa la mitad del alumnado consultado, y la realidad: sólo uno de cada nueve dijo haber sufrido un hecho de esas características durante 2009, cuando fueron entrevistados.
En cuanto al acceso en la escuela de bebidas alcohólicas y drogas por parte de los alumnos, se encontró una mayor facilidad en los sectores de NES alto, con excepción del “paco”. “Sin embargo, en las inmediaciones del colegio el acceso se torna más fácil para los sectores más vulnerables”, señaló Elena Duro, especialista en Educación de Unicef, al enumerar las conclusiones. Los resultados del estudio fueron compilados en un libro, Clima, conflictos y violencia en la escuela, que se presentó ayer ante un grupo de periodistas. Junto con Duro estuvieron Daniel Fernández y Luis D’Angelo, integrantes del Programa de Antropología Social y Política de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). El relevamiento cuenta con el apoyo del Ministerio de Educación de la Nación y fue prologado por la subsecretaria de Equidad y Calidad Educativa, Mara Brawer. El objetivo de la investigación, explicó Duro, fue “dimensionar el fenómeno”, que “muchas veces aparece en los medios de comunicación como muy frecuente”. “Tanto los docentes como los chicos que entrevistamos para la investigación señalaron que muchas veces la violencia es generada fuera del colegio. La escuela no es ajena a la realidad del país: es una caja de resonancia que absorbe las tensiones y conflictos exteriores a la vida escolar”, apuntó Duro. En ese sentido, aclaró que los especialistas hablan de violencia en la escuela y no de violencia escolar, para diferenciar los casos en los que la violencia se manifiesta en la escuela, pero no responde a situaciones producidas en el marco de los vínculos propios de la comunidad educativa. “Observamos que la escuela funciona como un dique de contención frente a la violencia que se percibe fuera de sus límites, pero no tanto”, sintetizó D’Angelo. Las realidades familiares complejas pueden disparar conflictos en la escuela. Uno de los chicos entrevistados de una escuela pública porteña expresó: “Uno se lleva mal en la casa con los padres y lo descarga en el colegio”. Otro, de un colegio privado, contó: “Tengo un amigo que por todo se caga a piñas. El papá lo cagaba a palos y por eso creo que es agresivo”.
El estudio incluyó encuestas y entrevistas en profundidad a los chicos, a las chicas, a directivos, profesores, docentes y padres de la comunidad educativa. La muestra abarcó 1690 alumnos de 93 colegios, públicos y privados del área metropolitana. Brawer destacó –en el prólogo– que los datos obtenidos son similares a los que surgieron de investigaciones realizadas por el Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas a nivel nacional, una iniciativa del Ministerio de Educación y la Universidad Nacional de San Martín.
Con relación a la percepción de la violencia (en general) en las escuelas, el informe muestra una llamativa contradicción en las respuestas: el 52 por ciento de los entrevistados considera que se trata de un “problema muy grave o grave”. Pero al ser consultado sobre ese fenómeno en su propio establecimiento, el problema tiende a ser percibido como mucho menos grave: se reducen a menos de la mitad los consultados que ven tan mal el panorama y sólo un 19 por ciento lo describe como “muy grave o grave”.
La investigación indagó sobre la presencia de diversas modalidades de violencia: por un lado, maltrato, acuso y hostigamiento entre alumnos; y por otro, agresiones físicas entre alumnos. También pesquisó la presencia de armas blancas y de fuego en las aulas. Y analizó cuáles contextos favorecen para que haya menor conflictividad y episodios de violencia en los colegios. Un 7,4 por ciento de los estudiantes dijo que fue humillado o insultado por un profesor frente a compañeros. Este tipo de hecho se registró con mayor frecuencia entre alumnos de escuelas del Gran Buenos Aires.
El estudio da por tierra con la creencia de que los jóvenes de sectores sociales más vulnerables son más conflictivos y violentos que el resto, subrayó Duro. Los resultados de la encuesta entre el alumnado muestran que ni el hurto ni el robo por la fuerza o amenaza poseen mayor incidencia entre los estudiantes de NES más bajo. Tampoco se verifica una mayor presencia de armas de fuego en esos sectores. “Las escuelas privadas de elite suelen ocultar los problemas de violencia como robos, la puesta por parte de los alumnos de una bomba o la venta dentro de su establecimiento de ravioles de cocaína. Hay que desmitificar que los mayores niveles de violencia en las escuelas se dan en aquellas a las que concurren alumnos de sectores más bajos”, consideró Duro. Por el contrario, las problemáticas vinculadas con conflictos entre adolescentes –como burlas, humillaciones, discriminaciones por diversas causas o padecimientos de actitudes crueles– “resultan más frecuentes entre alumnos de hogares de NES alto”, indicó. Si el corte se hace entre escuelas de gestión privada y pública, ese tipo de situaciones aparecen con mayor asiduidad en las primeras, de acuerdo con la investigación. Les preguntaron a los chicos y chicas si “en 2009 fueron crueles con vos” y respondieron “más de una vez” el 13,2 por ciento de los alumnos de secundarias privadas, contra el 4,3 por ciento de las públicas. En cuanto a las peleas con golpes entre compañeros, son más habituales en el ámbito estatal: contestó que son “muy frecuentes” el 11,6 por ciento del alumnado consultado en esas escuelas, contra el 3,9 por ciento de las privadas. De todas formas, Duro señaló que del total, sin distinción del tipo de colegios, entre los estudiantes un 33 por ciento reconoce que trata mal al compañero y el 29 por ciento que se burla de alguna característica del compañero, lo que habla “de un fuerte proceso de discriminación entre los jóvenes”.
Un 6 por ciento de los alumnos dijo haber visto que alguien llevó un arma de fuego a la escuela en 2009. En este caso, los porcentajes aumentan entre los estudiantes de escuelas públicas y de sectores medios, donde un 8 por ciento afirmó que se enfrentó a esa situación. En cuanto a la presencia de armas blancas, uno de cada cuatro aseguró haber visto a algún compañero con una en el último año, pero en este caso no hay diferencias significativas entre los tipos de gestión escolar estudiados.
Duro destacó que identificaron ciertos “contextos” que favorecen a que haya menos violencia en las escuelas: “En la medida en que los alumnos perciben que los profesores preparan bien sus clases y ellos aprenden, plantean que hay menor conflictividad. Este tema es muy importante. También contribuye a mejorar el clima la claridad de las normas de convivencia y un mayor liderazgo de las autoridades de la escuela. Los chicos reclaman límites. Un tercer aspecto tiene que ver con la participación de los chicos en un régimen de convivencia”, detalló la especialista. En la provincia de Buenos Aires, precisó, es obligatorio desde 2009 que todos los establecimientos, tanto públicos como privados, cuenten con sistemas de convivencia. En ese sentido, planteó como un problema significativo el sistema de selección de directores de escuelas secundarias públicas, “donde la antigüedad suele ser el principal requisito”, y consideró que deben estar “más aggiornados para responder a las necesidades escolares actuales” y, fundamentalmente, para “liderar con autoridad”.
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miércoles, 18 de mayo de 2011
La adicción a la tecnología preocupa a los adolescentes
El 37% de los chicos que se presentaron a un concurso de videos eligieron esa temática.
Tras las celebraciones de ayer por el día Mundial de Internet y para entender como evolucionó la sociedad en estas dos décadas que lleva conectada a la red, nada mejor que indagar en la relación de los adolescentes con las nuevas tecnologías.
Un estudio de Chicos.net, con el apoyo de Save The Children, Educ.ar y Google, que analiza videos elaborados por adolescentes, demostró que los menores son cada vez más concientes de los riesgos que acarrea Internet. En el 37% de los videos se toca el tema de la adicción que pueden generar las nuevas tecnologías.
El informe Uso Seguro, Responsable y Productivo de las tecnologías para chicos y adolescentes se basa en 200 cortos de argentinos hechos por chicos de 12 a 18 años (en todo Latinoamérica participaron 2.500 chicos). La consigna era contar a los amigos como usar la tecnología de forma responsable. El video ganador fue Yo también odio a Carlitos , que trata el tema de la discriminación y fue creado por Amanda (17), Sofía (17), Jonatan (17) y Fernando (18).
Las filmaciones expresan la visión de los adolescentes sobre los temas que mayor preocupación les generan. Entre ellos, la relación con la computadora y el celular, los videojuegos, la reproducción de música, la fotografía, los dispositivos de localización (GPS). Y en menor medida el televisor, que pierde terreno con la tecnología.
Otro de los argumentos de mayor coincidencia fue el riesgo que genera la interacción con otros y la sociabilidad en Internet, que alcanzó el 41%.
En una perspectiva positiva, con un 16%, un elemento de interés que aparece con mayor presencia a partir de los 15 años es el estar conectados como base de la cooperación o colaboración entre pares.
En las franjas de mayor edad, el tema del contacto con desconocidos y los riesgos de los datos en la red que derivan en historias de secuestros es lo que más se repite.
Mientras que el peligro del chat con desconocidos es uno de los tópicos, en ocasiones como contraparte de la ausencia adulta, común a todas las convocatorias.
Otro punto de conflicto es que los adolescentes recurren poco a los adultos cuando se trata de resolver alguna situación conflictiva en el mundo virtual. En su lugar, prefieren pedir ayuda a sus pares.
Como explica Marcela Czarny, presidenta de Chicos.net “los padres no pueden abandonar su responsabilidad parental porque no entienden la tecnología. Tampoco es aconsejable prohibir cuando no se conoce algo. Lo ideal es informarse adecuadamente”.
Fuente: clarin.com
Tras las celebraciones de ayer por el día Mundial de Internet y para entender como evolucionó la sociedad en estas dos décadas que lleva conectada a la red, nada mejor que indagar en la relación de los adolescentes con las nuevas tecnologías.
Un estudio de Chicos.net, con el apoyo de Save The Children, Educ.ar y Google, que analiza videos elaborados por adolescentes, demostró que los menores son cada vez más concientes de los riesgos que acarrea Internet. En el 37% de los videos se toca el tema de la adicción que pueden generar las nuevas tecnologías.
El informe Uso Seguro, Responsable y Productivo de las tecnologías para chicos y adolescentes se basa en 200 cortos de argentinos hechos por chicos de 12 a 18 años (en todo Latinoamérica participaron 2.500 chicos). La consigna era contar a los amigos como usar la tecnología de forma responsable. El video ganador fue Yo también odio a Carlitos , que trata el tema de la discriminación y fue creado por Amanda (17), Sofía (17), Jonatan (17) y Fernando (18).
Las filmaciones expresan la visión de los adolescentes sobre los temas que mayor preocupación les generan. Entre ellos, la relación con la computadora y el celular, los videojuegos, la reproducción de música, la fotografía, los dispositivos de localización (GPS). Y en menor medida el televisor, que pierde terreno con la tecnología.
Otro de los argumentos de mayor coincidencia fue el riesgo que genera la interacción con otros y la sociabilidad en Internet, que alcanzó el 41%.
En una perspectiva positiva, con un 16%, un elemento de interés que aparece con mayor presencia a partir de los 15 años es el estar conectados como base de la cooperación o colaboración entre pares.
En las franjas de mayor edad, el tema del contacto con desconocidos y los riesgos de los datos en la red que derivan en historias de secuestros es lo que más se repite.
Mientras que el peligro del chat con desconocidos es uno de los tópicos, en ocasiones como contraparte de la ausencia adulta, común a todas las convocatorias.
Otro punto de conflicto es que los adolescentes recurren poco a los adultos cuando se trata de resolver alguna situación conflictiva en el mundo virtual. En su lugar, prefieren pedir ayuda a sus pares.
Como explica Marcela Czarny, presidenta de Chicos.net “los padres no pueden abandonar su responsabilidad parental porque no entienden la tecnología. Tampoco es aconsejable prohibir cuando no se conoce algo. Lo ideal es informarse adecuadamente”.
Fuente: clarin.com
domingo, 1 de mayo de 2011
El 10% de los adolescentes varones, con bulimia o anorexia
Son datos de ALUBA sobre 100 mil chicos de escuelas secundarias. Según expertos, esos trastornos dejaron de afectar sólo a las mujeres. Es porque ellos ahora también están muy pendientes de su físico. En los últimos 10 años se triplicaron los casos
PorMARIANA IGLESIAS
Hace ya un tiempo que la estética dejó de ser una cuestión netamente femenina para convertirse en un tema de todos. Los hombres comenzaron a preocuparse por el brillo del pelo, la tersura de la piel, los abdominales de la panza, la prolijidad de las uñas. En fin, por el físico. Pero con ese nuevo “cuidado” al físico apareció también su contracara: la obsesión, lo patológico. Y el resultado es que aumentaron significativamente los casos de bulimia y anorexia entre los más jóvenes . Según la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA), sólo en la última década subieron un 350% las patologías alimentarias entre los adolescentes varones.
El número surge de un relevamiento que hizo esta asociación durante los últimos tres años en colegios de nivel secundario tanto públicos como privados de todo el país, y en el que participaron algo más de 100.000 chicos. Esta asociación había hecho el mismo trabajo en el 2000, y en ese entonces se registró un nivel de patologías del 2 % en el total de adolescentes varones encuestados, en tanto en este último informe el índice llega casi al 10 % . Además, en el 2000 se había detectado un 12 % con desordenes alimentarios, en tanto que en el estudio más reciente alcanza el 21 %.
¿Cómo se explica este enorme crecimiento de casos en varones? “Porque ellos también están más estéticos. Se depilan, usan cremas. Y esto se junta con los problemas propios de la adolescencia, como el miedo a crecer, a fracasar. Así, piensan que si son lindos y tienen cuerpos perfectos, va a ser más fácil tener éxito ”, explica Mabel Bello, Fundadora de ALUBA.
La nutricionista Ana Jufe, asesora del Hospital de Clínicas, coincide en que la presión social por el físico y la estética también llegó a los varones. “Ahora, además, hay menos vergüenza para contar ciertas cosas, y por eso hay más hombres que consultan. Encima el adolescente es un niño que está saliendo del lugar de chiquito querido por sus padres para identificarse con sus pares, y cree que si es bonito y perfecto va a ser mejor aceptado”. Entonces, hasta ahora, el crecimiento se explica por la combinación adolescencia/presión social por el físico; sin embargo, no todos los chicos sufren patologías alimentarias. “ Hay factores predisponentes. La familia es fundamental, si es rígida, ausente.
Y hay desencadenantes. A veces es la adolescencia en sí misma, o una situación estresante como una mudanza, la separación de los padres, la identificación o definición sexual”, explica Jufe.
Edith Szlazer, psiquiatra de Bace, un centro de tratamiento integral de bulimia y anorexia, dice que si en los 90 la relación de trastornos en la alimentación en chicas y varones era de 95% y 5%, hoy es del 85% y 15%. “Ponen en el cuerpo situaciones de angustia. El varón siempre fue más de canalizar todo por la violencia, el alcohol, el gimnasio, pero ahora también lo está haciendo con la comida. Tiene que ver con que vivimos en una sociedad muy exigente, y a veces se pierde el control interno . Pero también influye la falta de autoestima, si hay una madre demasiado presente, un padre ausente. El aumento de estas patologías en varones también se explica por la imagen del padre, y ahora hay muchas más separaciones, padres menos presentes, padres que no están nunca en la cena familiar ”.
La especialista describe algunas señales de alerta. La más evidente: la pérdida de peso (si bajó el 15% del peso corporal en tres meses), si se aísla, si cambia de estado de ánimo, si tiene bajo rendimiento escolar, si después de comer va al baño. “Los padres o familiares deben estar atentos a: si dejan de realizar las comidas, o dicen que ya comieron en otro lado o que van a comer en otro lado, si cuando los ven comer desmenuzan la comida en el plato y la separan y desparraman por el plato, si están más selectivos especialmente suprimiendo los dulces, las pastas, el pan y los hidratos de carbono y grasas en general. En el caso de la bulimia, si faltan grandes cantidades de comida, a veces dejan restos de los vómitos en el baño, o si se van a bañar inmediatamente y siempre después de comer”, dice Jufe. Y agrega: “ Si estas patologías se dan antes de los 15 años, puede haber retraso en el crecimiento y el desarrollo . Lo fundamental es tratarlos antes de los 19 años, que es cuando comienzan a cerrarse los cartílagos”.
Fuente: clarin.com
PorMARIANA IGLESIAS
Hace ya un tiempo que la estética dejó de ser una cuestión netamente femenina para convertirse en un tema de todos. Los hombres comenzaron a preocuparse por el brillo del pelo, la tersura de la piel, los abdominales de la panza, la prolijidad de las uñas. En fin, por el físico. Pero con ese nuevo “cuidado” al físico apareció también su contracara: la obsesión, lo patológico. Y el resultado es que aumentaron significativamente los casos de bulimia y anorexia entre los más jóvenes . Según la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA), sólo en la última década subieron un 350% las patologías alimentarias entre los adolescentes varones.
El número surge de un relevamiento que hizo esta asociación durante los últimos tres años en colegios de nivel secundario tanto públicos como privados de todo el país, y en el que participaron algo más de 100.000 chicos. Esta asociación había hecho el mismo trabajo en el 2000, y en ese entonces se registró un nivel de patologías del 2 % en el total de adolescentes varones encuestados, en tanto en este último informe el índice llega casi al 10 % . Además, en el 2000 se había detectado un 12 % con desordenes alimentarios, en tanto que en el estudio más reciente alcanza el 21 %.
¿Cómo se explica este enorme crecimiento de casos en varones? “Porque ellos también están más estéticos. Se depilan, usan cremas. Y esto se junta con los problemas propios de la adolescencia, como el miedo a crecer, a fracasar. Así, piensan que si son lindos y tienen cuerpos perfectos, va a ser más fácil tener éxito ”, explica Mabel Bello, Fundadora de ALUBA.
La nutricionista Ana Jufe, asesora del Hospital de Clínicas, coincide en que la presión social por el físico y la estética también llegó a los varones. “Ahora, además, hay menos vergüenza para contar ciertas cosas, y por eso hay más hombres que consultan. Encima el adolescente es un niño que está saliendo del lugar de chiquito querido por sus padres para identificarse con sus pares, y cree que si es bonito y perfecto va a ser mejor aceptado”. Entonces, hasta ahora, el crecimiento se explica por la combinación adolescencia/presión social por el físico; sin embargo, no todos los chicos sufren patologías alimentarias. “ Hay factores predisponentes. La familia es fundamental, si es rígida, ausente.
Y hay desencadenantes. A veces es la adolescencia en sí misma, o una situación estresante como una mudanza, la separación de los padres, la identificación o definición sexual”, explica Jufe.
Edith Szlazer, psiquiatra de Bace, un centro de tratamiento integral de bulimia y anorexia, dice que si en los 90 la relación de trastornos en la alimentación en chicas y varones era de 95% y 5%, hoy es del 85% y 15%. “Ponen en el cuerpo situaciones de angustia. El varón siempre fue más de canalizar todo por la violencia, el alcohol, el gimnasio, pero ahora también lo está haciendo con la comida. Tiene que ver con que vivimos en una sociedad muy exigente, y a veces se pierde el control interno . Pero también influye la falta de autoestima, si hay una madre demasiado presente, un padre ausente. El aumento de estas patologías en varones también se explica por la imagen del padre, y ahora hay muchas más separaciones, padres menos presentes, padres que no están nunca en la cena familiar ”.
La especialista describe algunas señales de alerta. La más evidente: la pérdida de peso (si bajó el 15% del peso corporal en tres meses), si se aísla, si cambia de estado de ánimo, si tiene bajo rendimiento escolar, si después de comer va al baño. “Los padres o familiares deben estar atentos a: si dejan de realizar las comidas, o dicen que ya comieron en otro lado o que van a comer en otro lado, si cuando los ven comer desmenuzan la comida en el plato y la separan y desparraman por el plato, si están más selectivos especialmente suprimiendo los dulces, las pastas, el pan y los hidratos de carbono y grasas en general. En el caso de la bulimia, si faltan grandes cantidades de comida, a veces dejan restos de los vómitos en el baño, o si se van a bañar inmediatamente y siempre después de comer”, dice Jufe. Y agrega: “ Si estas patologías se dan antes de los 15 años, puede haber retraso en el crecimiento y el desarrollo . Lo fundamental es tratarlos antes de los 19 años, que es cuando comienzan a cerrarse los cartílagos”.
Fuente: clarin.com
domingo, 6 de marzo de 2011
Bebidas energizantes, un riesgo para la salud de los adolescentes
Según un estudio publicado en Pediatrics, consumirlas frecuentemente puede causar desde arritmias hasta muerte súbita. El rol del alcohol.
Por Florencia Ballarino
Llegaron al país en 2001 como una alternativa para que estudiantes, conductores o deportistas pudieran evitar el cansancio. Pero pronto, gracias a una estética y un envase “atractivo”, las bebidas energizantes ganaron definitivamente otro público: los adolescentes. Ahora se suma un nuevo capítulo en la polémica sobre sus beneficios y riesgos para la salud. Una investigación de científicos de EE.UU. publicada en la revista Pediatrics asegura que el consumo excesivo de bebidas energizantes –cuyo componente principal es la cafeína– podría ocasionar en niños y adolescentes problemas respiratorios y cardiovasculares como agitación, arritmia, aumento de la presión arterial y hasta muerte súbita, además de insomnio e irritabilidad.
El trabajo, realizado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Miami, analizó 2.224 casos de intoxicación por cafeína asociados al consumo de bebidas energéticas registrados entre 2005 y 2009 en menores de 19 años en EE.UU., Nueva Zelandia e Irlanda, y hace una revisión de los artículos científicos sobre el tema. La conclusión es contundente: los pediatras deberían advertir a los padres sobre los riesgos de estas bebidas y desaconsejar su uso frecuente. “Hay que regular estos productos de forma tan estricta como el tabaco o el alcohol, ya que para la mayoría de los niños y adolescentes no están establecidos cuáles son los niveles seguros de consumo”, advirtió Steven Lipshultz, autor principal del estudio.
Alerta. Las bebidas energizantes son suplementos dietarios de venta libre; esto quiere decir que se pueden adquirir en supermercados, kioscos y estaciones de servicio. Contienen ingredientes como taurina y cafeína, sustancias que actúan como estimulantes del sistema nervioso central. En algunos casos, también tienen extracto de guaraná –con alto porcentaje de cafeína– algo que en algunas marcas no se aclara en el rótulo de los envases. En la Argentina, en 2005 una disposición de la Anmat limitó la cantidad máxima de cafeína permitida en estos productos a 20 miligramos por cada 100 mililitros. Aunque las empresas nacionales acataron la norma, la marca Red Bull, que se importa, interpuso una medida cautelar en la Justicia y sigue teniendo envases que contienen 35 miligramos por cada 100 mililitros.
Para la pediatra Adriana Roussos, del grupo de trabajo Nutrición y Pediatría de la Sociedad Argentina de Nutrición, “si se considera una sola lata (250 mililitros), el contenido de cafeína que tienen las bebidas energizantes que se venden en el país no llega a niveles tóxicos. El peligro es que generalmente se consumen en exceso o mezcladas con alcohol” (ver recuadro). Roussos agregó: “A una cantidad normal, el efecto que presenta a nivel cardiológico no es dañino, pero el exceso puede ocasionar síntomas como palpitaciones, temblores, agitación, problemas estomacales y dolor de cabeza. En adolescentes con problemas cardíacos, podría desencadenar una arritmia”.
Debate. “Las bebidas energizantes deberían ser recategorizadas como estimulantes, ya que el aporte calórico no justifica la denominación de suplementos dietarios”, sostuvo Carlos Damin, jefe de la División de Toxicología del Hospital Juan Fernández. Para él, se debería prohibir la venta del producto a menores de 18 años. De hecho, municipios de Chacho y Corrientes implementaron esa medida y en el Congreso hay al menos cinco proyectos que quieren avanzar en este sentido. En la provincia de Buenos Aires, Entre Ríos, ciudad de Santa Fé y La Plata, por lo pronto, se prohibió la venta en boliches. Países como EE.UU., Francia, Dinamarca y Noruega también regularon el tema.
Sin embargo, Walter Santangelo, presidente de la Cámara Argentina de Bebidas Energizantes, señaló que la industria argentina respeta la disposición de Anmat que bajó la cantidad de cafeína en un 60% y dispuso la inclusión de advertencias como “no utilizar en niños” en los envases. “Es una bebida totalmente inocua. Tiene menos cafeína que una taza de café y la misma cantidad que una bebida cola. No se puede prohibir por prohibir”, defendió Santangelo.
Combinación peligrosa
La mezcla de bebidas energizantes con alcohol es hoy uno de los tragos preferidos por los jóvenes. En los boliches, donde cada trago de “energy drink” cuesta entre 30 y 50 pesos, se venden combinadas con champán, vodka o whisky. Pero los expertos advierten sobre los riesgos para la salud que presenta este dúo. “La mezcla de energizantes con alcohol es peligrosa. Retardan la aparición de síntomas de intoxicación que produce el alcohol, como el sueño y la disminución de los reflejos, y así se termina consumiendo más”, alertó Ana María Girardelli, jefa de Toxicología del Hospital de Niños Sor María Ludovica, de La Plata.
Según cifras del Ministerio de Salud bonaerense, las bebidas energizantes están presentes en más del 40% de las intoxicaciones por alcohol que ocurren en los jóvenes de 17 a 27 años, de clase media y alta. “Los energizantes facilitan la ingesta de alcohol al demorar la aparición de sus efectos. Así, se toma más en menos tiempo”, sostuvo Carlos Damín, jefe de la División de Toxicología del Hospital, Juan Fernández. Sin embargo, para Walter Santángelo, presidente de la Cámara de Bebidas Energizantes, “ningún estudio científico demostró que el consumo de energizantes con alcohol sea malo”.
Fuente Perfil.com
Por Florencia Ballarino
Llegaron al país en 2001 como una alternativa para que estudiantes, conductores o deportistas pudieran evitar el cansancio. Pero pronto, gracias a una estética y un envase “atractivo”, las bebidas energizantes ganaron definitivamente otro público: los adolescentes. Ahora se suma un nuevo capítulo en la polémica sobre sus beneficios y riesgos para la salud. Una investigación de científicos de EE.UU. publicada en la revista Pediatrics asegura que el consumo excesivo de bebidas energizantes –cuyo componente principal es la cafeína– podría ocasionar en niños y adolescentes problemas respiratorios y cardiovasculares como agitación, arritmia, aumento de la presión arterial y hasta muerte súbita, además de insomnio e irritabilidad.
El trabajo, realizado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Miami, analizó 2.224 casos de intoxicación por cafeína asociados al consumo de bebidas energéticas registrados entre 2005 y 2009 en menores de 19 años en EE.UU., Nueva Zelandia e Irlanda, y hace una revisión de los artículos científicos sobre el tema. La conclusión es contundente: los pediatras deberían advertir a los padres sobre los riesgos de estas bebidas y desaconsejar su uso frecuente. “Hay que regular estos productos de forma tan estricta como el tabaco o el alcohol, ya que para la mayoría de los niños y adolescentes no están establecidos cuáles son los niveles seguros de consumo”, advirtió Steven Lipshultz, autor principal del estudio.
Alerta. Las bebidas energizantes son suplementos dietarios de venta libre; esto quiere decir que se pueden adquirir en supermercados, kioscos y estaciones de servicio. Contienen ingredientes como taurina y cafeína, sustancias que actúan como estimulantes del sistema nervioso central. En algunos casos, también tienen extracto de guaraná –con alto porcentaje de cafeína– algo que en algunas marcas no se aclara en el rótulo de los envases. En la Argentina, en 2005 una disposición de la Anmat limitó la cantidad máxima de cafeína permitida en estos productos a 20 miligramos por cada 100 mililitros. Aunque las empresas nacionales acataron la norma, la marca Red Bull, que se importa, interpuso una medida cautelar en la Justicia y sigue teniendo envases que contienen 35 miligramos por cada 100 mililitros.
Para la pediatra Adriana Roussos, del grupo de trabajo Nutrición y Pediatría de la Sociedad Argentina de Nutrición, “si se considera una sola lata (250 mililitros), el contenido de cafeína que tienen las bebidas energizantes que se venden en el país no llega a niveles tóxicos. El peligro es que generalmente se consumen en exceso o mezcladas con alcohol” (ver recuadro). Roussos agregó: “A una cantidad normal, el efecto que presenta a nivel cardiológico no es dañino, pero el exceso puede ocasionar síntomas como palpitaciones, temblores, agitación, problemas estomacales y dolor de cabeza. En adolescentes con problemas cardíacos, podría desencadenar una arritmia”.
Debate. “Las bebidas energizantes deberían ser recategorizadas como estimulantes, ya que el aporte calórico no justifica la denominación de suplementos dietarios”, sostuvo Carlos Damin, jefe de la División de Toxicología del Hospital Juan Fernández. Para él, se debería prohibir la venta del producto a menores de 18 años. De hecho, municipios de Chacho y Corrientes implementaron esa medida y en el Congreso hay al menos cinco proyectos que quieren avanzar en este sentido. En la provincia de Buenos Aires, Entre Ríos, ciudad de Santa Fé y La Plata, por lo pronto, se prohibió la venta en boliches. Países como EE.UU., Francia, Dinamarca y Noruega también regularon el tema.
Sin embargo, Walter Santangelo, presidente de la Cámara Argentina de Bebidas Energizantes, señaló que la industria argentina respeta la disposición de Anmat que bajó la cantidad de cafeína en un 60% y dispuso la inclusión de advertencias como “no utilizar en niños” en los envases. “Es una bebida totalmente inocua. Tiene menos cafeína que una taza de café y la misma cantidad que una bebida cola. No se puede prohibir por prohibir”, defendió Santangelo.
Combinación peligrosa
La mezcla de bebidas energizantes con alcohol es hoy uno de los tragos preferidos por los jóvenes. En los boliches, donde cada trago de “energy drink” cuesta entre 30 y 50 pesos, se venden combinadas con champán, vodka o whisky. Pero los expertos advierten sobre los riesgos para la salud que presenta este dúo. “La mezcla de energizantes con alcohol es peligrosa. Retardan la aparición de síntomas de intoxicación que produce el alcohol, como el sueño y la disminución de los reflejos, y así se termina consumiendo más”, alertó Ana María Girardelli, jefa de Toxicología del Hospital de Niños Sor María Ludovica, de La Plata.
Según cifras del Ministerio de Salud bonaerense, las bebidas energizantes están presentes en más del 40% de las intoxicaciones por alcohol que ocurren en los jóvenes de 17 a 27 años, de clase media y alta. “Los energizantes facilitan la ingesta de alcohol al demorar la aparición de sus efectos. Así, se toma más en menos tiempo”, sostuvo Carlos Damín, jefe de la División de Toxicología del Hospital, Juan Fernández. Sin embargo, para Walter Santángelo, presidente de la Cámara de Bebidas Energizantes, “ningún estudio científico demostró que el consumo de energizantes con alcohol sea malo”.
Fuente Perfil.com
martes, 25 de enero de 2011
Los hábitos de salud para toda la vida se definen a los 16
Después de esa edad, aseguran que ya es difícil modificar conductas que impliquen vivir mejor.
Según la última encuesta sobre salud escolar del Ministerio de Salud de la Nación, la mayoría de los adolescentes argentinos tiene hábitos muy poco saludables. El 19% de los chicos de entre 13 y 15 años padece sobrepeso, el 25% fuma, el 57% toma alcohol por lo menos una vez a la semana, y sólo el 19% hace el mínimo de actividad física que recomienda la Organización Mundial de la Salud para su edad. Y este panorama puede ser muy sombrío en vistas a cómo incidirá en su futuro: un nuevo estudio realizado en España afirma que los hábitos –saludables o no– se fijan a los 16 años. Después de esa edad, aseguran, muy poco es lo que se puede hacer para modificar conductas que impliquen una vida más sana.
Marta Arrue, investigadora y docente de la Universidad del País Vasco, analizó las costumbres de más de 2.000 jóvenes de dos grupos de edades: de 13 a 17 años y entre 18 y 26. “Los datos relevados apuntan a que la juventud tiene más conductas de riesgo de las esperadas , e incluso de las que ellos mismos perciben, ya que creen estar más sanos de lo que realmente están. El hábito menos saludable resulta ser el de la alimentación, seguido de la ingesta de alcohol, el sedentarismo, el riesgo en las relaciones sexuales y el consumo de tabaco y drogas”, sostiene Arrue en su trabajo.
Pero lo más significativo del estudio es que, afirma la investigadora, el punto de inflexión se da de manera temprana a una edad que no parecía hasta ahora representar ni riesgos ni cambios significativos: los 16 años.
A esa edad los adolescentes se decantan, para el resto de su vida hacia las actividades saludables o hacia las conductas de riesgo .
En cuanto al género, las mujeres suelen seguir conductas mucho más peligrosas y las principales son sedentarismo, tabaquismo, poca precaución en las relaciones sexuales y malos hábitos de sueño. Los varones, en cambio, suelen consumir más alcohol y drogas, y por lo general comen peor.
Pero, ¿por qué la clave son los 16 años? Mónica Katz, médica nutricionista, explica que hay razones neuronales y también ambientales. “En la adolescencia, las conexiones cerebrales cambian selectivamente para adaptarse al medio. Estos cambios cerebrales implican que el control de situaciones de riesgo está en plena maduración en estos años. Si bien un chico de 16 está creciendo, su cerebro pierde quizás un 1% de sustancia gris y este proceso se relaciona con el remodelado de conexiones importantes. Por eso, las conductas habituales que se convierten en hábitos quedarán fijadas en ese remodelado que se está generando en esta edad”, explica la especialista. Y apunta que el mundo que los adultos les muestran a los chicos –sus conductas alimentarias, el tiempo que pasan en la TV y la PC– “se convertirá, mediante ese remodelado, en su propio patrón de conductas futuras”.
Daniel Schmukler, médico psicoanalista, dice que es discutible la idea de trazar una edad “definitoria”, pero admite que “la adolescencia es una etapa que se caracteriza tanto por el afán exploratorio, como por un cierto sentimiento de omnipotencia que hace que efectivamente los adolescentes se expongan a situaciones de riesgo sin darse cuenta de su peligro”, pero que esto ocurre como parte de la adquisición de experiencias necesarias para la maduración emocional y psicológica.
Y es muy frecuente, señala, que luego de un período de ciertos excesos muchos jóvenes se autolimiten: “Es como si las campañas de prevención, o los consejos de los educadores y/o los padres, tuvieran un efecto a posteriori, por lo cual las mismas son muy importantes a pesar de que puedan parecer frustrantes y de poco resultado en lo inmediato”. Las campañas de prevención son otro punto que aborda la investigación de Arrue: la española dice que son fundamentales y que deben estar dirigidas incluso a los menores de 13 años.
Fuente clarin.com
Según la última encuesta sobre salud escolar del Ministerio de Salud de la Nación, la mayoría de los adolescentes argentinos tiene hábitos muy poco saludables. El 19% de los chicos de entre 13 y 15 años padece sobrepeso, el 25% fuma, el 57% toma alcohol por lo menos una vez a la semana, y sólo el 19% hace el mínimo de actividad física que recomienda la Organización Mundial de la Salud para su edad. Y este panorama puede ser muy sombrío en vistas a cómo incidirá en su futuro: un nuevo estudio realizado en España afirma que los hábitos –saludables o no– se fijan a los 16 años. Después de esa edad, aseguran, muy poco es lo que se puede hacer para modificar conductas que impliquen una vida más sana.
Marta Arrue, investigadora y docente de la Universidad del País Vasco, analizó las costumbres de más de 2.000 jóvenes de dos grupos de edades: de 13 a 17 años y entre 18 y 26. “Los datos relevados apuntan a que la juventud tiene más conductas de riesgo de las esperadas , e incluso de las que ellos mismos perciben, ya que creen estar más sanos de lo que realmente están. El hábito menos saludable resulta ser el de la alimentación, seguido de la ingesta de alcohol, el sedentarismo, el riesgo en las relaciones sexuales y el consumo de tabaco y drogas”, sostiene Arrue en su trabajo.
Pero lo más significativo del estudio es que, afirma la investigadora, el punto de inflexión se da de manera temprana a una edad que no parecía hasta ahora representar ni riesgos ni cambios significativos: los 16 años.
A esa edad los adolescentes se decantan, para el resto de su vida hacia las actividades saludables o hacia las conductas de riesgo .
En cuanto al género, las mujeres suelen seguir conductas mucho más peligrosas y las principales son sedentarismo, tabaquismo, poca precaución en las relaciones sexuales y malos hábitos de sueño. Los varones, en cambio, suelen consumir más alcohol y drogas, y por lo general comen peor.
Pero, ¿por qué la clave son los 16 años? Mónica Katz, médica nutricionista, explica que hay razones neuronales y también ambientales. “En la adolescencia, las conexiones cerebrales cambian selectivamente para adaptarse al medio. Estos cambios cerebrales implican que el control de situaciones de riesgo está en plena maduración en estos años. Si bien un chico de 16 está creciendo, su cerebro pierde quizás un 1% de sustancia gris y este proceso se relaciona con el remodelado de conexiones importantes. Por eso, las conductas habituales que se convierten en hábitos quedarán fijadas en ese remodelado que se está generando en esta edad”, explica la especialista. Y apunta que el mundo que los adultos les muestran a los chicos –sus conductas alimentarias, el tiempo que pasan en la TV y la PC– “se convertirá, mediante ese remodelado, en su propio patrón de conductas futuras”.
Daniel Schmukler, médico psicoanalista, dice que es discutible la idea de trazar una edad “definitoria”, pero admite que “la adolescencia es una etapa que se caracteriza tanto por el afán exploratorio, como por un cierto sentimiento de omnipotencia que hace que efectivamente los adolescentes se expongan a situaciones de riesgo sin darse cuenta de su peligro”, pero que esto ocurre como parte de la adquisición de experiencias necesarias para la maduración emocional y psicológica.
Y es muy frecuente, señala, que luego de un período de ciertos excesos muchos jóvenes se autolimiten: “Es como si las campañas de prevención, o los consejos de los educadores y/o los padres, tuvieran un efecto a posteriori, por lo cual las mismas son muy importantes a pesar de que puedan parecer frustrantes y de poco resultado en lo inmediato”. Las campañas de prevención son otro punto que aborda la investigación de Arrue: la española dice que son fundamentales y que deben estar dirigidas incluso a los menores de 13 años.
Fuente clarin.com
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